LA VENGANZA DE UN ASESINO
"Escúchate" propone esta temporada a sus seguidores un nuevo juego literario.
Inspirado en la fórmula del filandón o del cadáver exquisito, se trata de que los oyentes participen en la creación colectiva del relato sonoro “La venganza de un asesino”.

El párrafo inicial ha sido propuesto por el reconocido escritor de novela negra Esteban Navarro y los escuchantes, quincenalmente, serán los encargados de ir desarrollando la historia.

Quienes deseen poner a prueba sus dotes literarias deben enviar sus textos a la dirección de correo electrónico eraseotravez@aragonradio.es, continuando el relato desde el punto en el que quedó la semana anterior. Para ser aceptados en el concurso, los textos no podrán exceder en ningún caso las diez líneas.

El jurado de este juego literario está integrado por el director de Escúchate, Javier Vázquez, y por la periodista y lectora de guardia del programa, Marian Rebolledo.

De entre todos los textos recibidos semanalmente, el jurado seleccionará los que serán leídos en el programa y, entre ellos, se escogerá el relato ganador, que hará avanzar la historia, y cuyo autor recibirá un lote de libros.


LA VENGANZA DE UN ASESINO


Para el oído de una persona normal, ese taconeo deslizándose por las escaleras de la planta inferior, sería inapreciable. Pero yo, que lo había escuchado en tantas otras ocasiones, estaba seguro de que el dueño de esas pisadas, que ascendían por los peldaños, iba a por mí. Un asesino es un asesino por mucho que diga que se ha redimido. Y ese, al que ya había detenido al menos en cinco ocasiones, ahora buscaba su venganza. Y qué mejor venganza para un criminal que acabar con la vida del policía que tantas veces lo ha detenido.

Esteban Navarro

 

El crujido provocado por las sigilosas pisadas siguió ascendiendo por la escalera y se detuvo ante la puerta entornada de mi dormitorio. Sin hacer ruido, abrí el cajón de la mesilla y saqué el arma reglamentaria que guardo ahí todas las noches. Le quité el seguro y esperé.

 

La puerta comenzó a abrirse lentamente. En tensión, apunté. Estaba preparado; acabar conmigo no iba a ser tan fácil. La puerta se abrió del todo y sólo la penumbra del pasillo inundó mi campo de visión. Me esforcé por escuchar, pero lo único audible eran los latidos de mi corazón. Y entonces, apareció, una bola peluda que se abalanzó sobre mí, dejándome sin aliento.

 

Respiré para tranquilizarme y acaricié la cabeza de Montalbano, mi escurridizo gato azul, al que había estado a punto de arrebatar una de sus siete vidas. Al guardar la pistola, el tintineo del móvil me sobresaltó y el pulso se me aceleró al leer el SMS que acababa de recibir.

 

Patricia Richmond

 

No daba crédito a lo que ponía: 'Esta vez te ha salvado el gato'. Luego el asesino había estado aquí o aún estaba. Rápidamente volví a coger la pistola, me reincorporé y bajé las escaleras. Debía asegurarme...

 

Con las prisas Montalbano se enredó entre mis piernas, tropecé, caí escaleras abajo y la pistola se escapó de entre mis manos. Al instante escuché un disparo y un lamento...

Javier Puchades

 

Me incorporé incrédulo. Lisbeth, la sueca espectacular del adosado de enfrente, me miraba con sus enormes ojos azules desde la puerta abierta. El hilo de sangre que manaba de su oreja derecha realzaba la palidez de su rostro y el brillo de su melena rubia. Estaba tan hermosa como un ángel herido. ¿Habría muerto yo al rodar por las escaleras y estaba en el cielo?

 

Se tambaleó y reaccioné. Corrí a sostenerla y examiné su herida. Parecía un rasguño superficial. Aún así, cogí las llaves del coche y me puse una gabardina sobre el pijama, tras convencerla de que debíamos ir al hospital.

 

En urgencias me acribillaron a preguntas y, mientras ella era atendida en un box, yo me quedé en la sala de espera con su abrigo. Sin querer, rocé con la mano uno de los bolsillos y me quedé atónito al contemplar lo que escondía.

Patricia Richmond

 


Parecía un localizador... y ¡estaba encendido! ¿Para qué lo necesitaba Lisbeth? ¿Y a quién correspondía esa luz parpadeante que se acercaba?


Dejé su abrigo en información y salí del hospital rápidamente. Debía alejarme de aquella luz. Algo me decía que Lisbeth no era lo que parecía...


Me llevé el localizador para asegurarme de que no tenía nada que ver conmigo.


Velozmente me alejé en dirección a la cabaña de madera que poseo en la ladera del Moncayo. No deseaba más sorpresas de mi viejo amigo Max. Miré de reojo el localizador, que estaba en el asiento del copiloto, y allí seguía esa luz acercándose... justo detrás de mí...


Pilar Alejos

 

 

Su presencia oscura y agresiva era inconfundible, frente a mis ojos, ahí estaba el Mustang del 79 con mi viejo amigo Max dentro observándome con atención. Me conocía profundamente, nuestras vidas, unidas desde la infancia, nos otorgaban el poder de la conexión bilateral, casi como hermanos.

Siempre que huyo acabo regresando a mi verdadero hogar, misterioso y atrayente: Trasmoz. Él lo sabía, así que aquí estábamos los dos. Lisbeth dirigida en todo momento por Max, vigilaba desde hace tiempo mis movimientos, no quería que me ocurriese nada. Me necesitaba sano y salvo, en tierra neutral. Hablamos tranquilamente y delante de mis narices, aplastó de un pisotón el localizador, ya no era necesario. Hubo un momento de silencio y mirándome fijamente, me susurró al oído:

-Estoy planeando un nuevo asesinato y te necesito......

Silvia Poveda Mañas

 

Me pregunté si sería el mío, mientras calculaba que debajo de la gabardina sólo traía el pijama.

-¿Echas esto en falta? -dijo Max, esbozando esa vieja sonrisa suya y arrojándome mi arma. Definitivamente era él quien había estado en mi apartamento. Desconcertado, lo miré fijamente por unos segundos.

-No creo haberte sido de mucha ayuda en los anteriores, Max -le dije con tono severo.

-Esto es diferente, camarada. Por este crimen ya he cumplido condena anticipada durante toda mi vida... -replicó. Luego continuó, con aire intrigante-: Vaya nombre que le has puesto a tu gato. Sí que recuerdas los carnavales del 75', ¿verdad?

Silvina Palmiero

¿Cómo olvidar aquellos carnavales?

La cicatriz en mi costado se empeñaba en recordármelo a cada momento.

Un recuerdo imborrable de la persona que tenía ante mí, observándome con aquellos ojos heterocromáticos como los de mi querido gato. Por un instante mi cabeza voló hasta la calidez del hogar donde a buen seguro Moltalbano se estaría preguntando donde diablos me encontraba a estas horas de la madrugada. Y no reparé en la procesión de luminarias que en silencio descendían la cuesta del castillo en ruinas.

Max si debió percatarse de su llegada pues esbozando una aviesa sonrisa exclamó divertido:

¡Parece que vienen a reclamar nuestras almas!

Y estalló en una siniestra carcajada que rompió el silencio de aquella noche de difuntos en Trasmoz.

Raúl Garcés Redondo

 

 

Esa carcajada tuvo el poder de recordarme que no estaba ante el amigo Max, sino ante Mad Max, el peligroso asesino que se estrenó como tal la oscura noche en que casi la palmo. Fue en Bielsa, en el carnaval, donde yo hacía el papel de oso, y él el de domador. En un ataque de locura se abalanzó contra el público con tal violencia que la fiesta acabó en tragedia. A pesar de que me interpuse entre él y mi novia, me quedó además de una dolorosa cicatriz en el costado, otra más difícil de curar en el corazón. Ella murió días más tarde por los golpes recibidos. Desde entonces mi vida se convirtió en una eterna búsqueda y captura de aquel asesino.

Ahora estaba en sus manos. La procesión de luces había llegado a nuestra altura. Tenía que conseguir escapar y volver al coche antes que él. Era ahora o nunca.


Belén Gonzalvo Val

 

Como sabía que Max no me lo pondría fácil, di un salto hacia atrás en el instante preciso en el que la procesión pasó entre nosotros, impidiendo así que Max pudiera reaccionar a tiempo. Me agaché instintivamente y caminé rápidamente hasta que logré escabullirme por la pequeña calle que llegaba hasta la plaza del pueblo.

Mientras corría, mi cabeza intentaba pensar a toda velocidad cuál debía ser mi próximo movimiento, pero las inesperadas sorpresas que me había deparado la noche aliñadas con la falta de sueño me impedían llegar a conclusiones claras y rápidas. Por eso crucé la plaza sin comprobar si estaba vacía. Por eso no vi la silueta que se movió al otro lado de la plaza. Por eso no vi a Lisbeth hasta que se colocó bajo la luz de farola.


David Naval

-¡Rápido! ¡Por aquí! -me dijo incitándome a seguirla.

-¿Qué haces tú aquí? -pregunté.

-He venido a ayudarte y a qué tú me ayudes a mí -respondió en un tono amable-.

Me tendió la mano y me llevó hasta una calle contigua donde tenía aparcado su coche. No tenía ninguna opción mejor en ese momento, así que acepté y decidimos dirigimos a un hostal cercano para pasar la noche. Lisbeth insistió en alojarnos en la misma habitación porque estaba atemorizada, puesto que decía que Max no sólo quería vengarse de mí, sino también de ella. Sin embargo, en cuanto se duchó parecía mucho más relajada, ya que salió del baño contoneándose cubierta con una minúscula toalla. Se sentó sobre la cama a mi lado y comenzó a desabrochar los botones de mi camisa bajo mi confusa mirada.

Ana Belén Arbués

 

 

Mientras me quitaba la camisa, como al descuido, dejó caer la toalla que cubría su blanca desnudez y me miró con una sonrisa incitante que no pude resistir. La sueca sólo tenía de frío su país de origen, todo lo demás en ella era una brasa encendida. Lo que hicimos redujo mis fantasías más osadas a un cuento de niños. Después de varias horas, nos dormimos exhaustos.
Me despertó la luz que se colaba a través de la persiana americana. Lo primero que noté al abrir los ojos fue que Lisbeth no estaba. Lo segundo, que había sangre por doquier. Temiendo lo peor me precipité al baño, pero el cadáver que allí yacía no era el de ella, sino el de un hombre cuyo rostro me resultaba vagamente familiar. Inspeccioné el cuerpo en busca de alguna pista que me permitiera retomar el control de esta historia en la que, hasta ahora, no había sido más que un títere. Encontré sólo un nombre, pero me bastó para comprenderlo todo: Edgar Montalbano.


Silvina Palmiero

 

¡Edgar! Era un niño cuando le vi por última vez, pero el parecido con su padre, el profesor Montalbano, era evidente. Se habían instalado en Bielsa huyendo del régimen argentino y fue el profesor quien encontró a Max escondido en su casa, tras el crimen del carnaval, y lo entregó a la policía. A mí.
¿De eso se trataba? ¿De vengarse del profesor matando a su hijo y de mí, endosándome el asesinato? Me vestí y salí del motel. No había rastro de Lisbeth ni de su coche. Enfrente, un camión salía de una gasolinera. Hice una seña al conductor y una oronda pelirroja me sonrió.
«Voy a Zaragoza, ¿te vale, cariño?», me preguntó. «Me vale», le respondí y subí. En la radio encendida Eva Amaral cantaba: «Nada te puedo dar, no hay nada bueno en mí». La canción actuó sobre mí abriendo una puerta que llevaba mucho tiempo cerrada: Max, prepárate, el juego acaba de empezar.

 

Patricia Richmond

 

Tenía que poner orden. Aunque quisiera negarlo, estaba claro que Lisbeth era parte de la trampa. Mi olfato de investigador había quedado cegado por la vanidad. Echaba de menos las gafas de sol y algo de comer, así que cerré los ojos intentando acallar mi estómago. La canción parecía saber lo que pasaba: «en lucha contra el sol, un perfecto descontrol que orbita sobre mi cabeza». Entre tanto caos la tomé como una señal enviada al rescate. Me quedé dormido.

 

Desperté alarmado por el silencio. El camión estaba parado y no había ni rastro de la pelirroja, pero el Mustang del 79 estaba allí. Me había dejado engañar de nuevo. Las puertas de la cabina estaban bloqueadas. Loco por intentar salir pulsé todos los botones a mi alcance y la música volvió como un oráculo dejando claro cuál era mi destino: «Presiento lo que va a ocurrir, el círculo se cierra. Un impulso irracional de destruirlo todo. Hundirle...»

Belén Gonzalvo

 

De repente, sonó un teléfono. Detrás de los asientos, había algo que parecía una cama, con sábanas y mantas revueltas. De allí procedía el sonido. Había tal desorden que me costó un tiempo dar con el móvil. Era un aparato antediluviano. Comprobé sorprendido que en la pantalla aparecía el número de mi casa. Lo descolgué.
-Diga.
Nadie me respondió.
-Diga -repetí.
-Hola, camarada.
La inconfundible voz de Max.
-¡Pagarás por todo lo...!
-Calla, camarada. No tenemos mucho tiempo. La policía llegará ahí en uno o dos minutos. Sólo quería asegurarme de que no te pillaría por sorpresa lo que encontrarán en el camión.
-¿Qué...?
Max había colgado. Escuché el ruido de una sirena. Era urgente que escapara de allí.

Plácido Romero

 

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